Halloween con Bestialo Culapsus y la mengua de la escena fiestera de Caracas.

Los rumores respecto a Bestialo Culapsus siempre iban de algo como “broder estos tipos deverdá hacen unas fiestas cabillúas”, y pese a los sostenidos ventarrones de depresión que soplan por los valles y colinas de Caracas, hicieron honor a su reputación. Al menos así lo creí yo cuando el 3 de Noviembre presentaron el Jijilloween, la primera vez en que acudía a una de estas fiestas, pues tengo la suerte de llegar tarde a todo. Y la noche fue, en su minúscula escala de 300 personas, una metáfora perfecta de lo que ocurre en Venezuela musicalmente, socialmente y todas las otras -mentes importantes.

 

 

Sé que me referí al proyecto en una tercera persona del plural, no obstante, el lineup orignal del cool lapsus se encogió, como los jeans, al singular. Abraham Araujo, que ahorita tiene 34, convoca estas fiestas en colaboración con aquellos de la escena musical que todavía dan signos de vida y uno que otro recién llegado. Él inició este proyecto en 2008 junto a su amigo del colegio, Gustavo Dao, quien, como podrán imaginar, se fue del país. Con muchos esfuerzos y un paladar musical bien malacostumbrado, se las ha ingeniado para seguir organizando buenos eventos y mantener la moral a flote, mientras el resto de nuestra patria se hunde.

 

La trayectoria del proyecto en sí misma es de gran valor, pues impulsó fiestas y eventos consistentemente arrechos dirigidos al público entusiasta de la música electrónica, al tiempo en que proveyó un espacio en donde se perfilarían muchos de los más prominentes players de la escena musical venezolana – como Diamantero, de la influyentísima netlabel Cocobass, Ernesto Pantin de la amada y recordada banda hiperindie Todosantos y Alissa María, la prolífica cantante de voz como gamuza, que ha participado en producciones junto a Sunsplash y VFRO.

La noche en cuestión fuimos horados por el conocido pionero del Tuki Dj Baba, junto a Alvy Singer, a quien frecuentemente me encuentro entre birra y birra, Anarculture, un pícaro en traje y encorbata’o invitado especialmente de Barquisimeto, Koji (Spokoji), un amigo cercano de los crews de BINK y Club Haus, y, finalmente, el heterónimo de Abraham Culapsus #DJWowQuéDJ. En breve, players de variopintos e influyentes cliques.

 

Así que la fiesta estaba toda cuadrada para detonar, no sólo por la música sino por el tipo de gente que suele asistir a esos eventos. De petiburgueses a clase media, de acuerdo al gusto de usted. Hip, boniticos y locos pa’ la verga. Gente buena. Y esta noche, disfrazados o presentando creativas argumentaciones para no estarlo. Ahí estaba yo, entre la multitud dispareja de monstruos y gente bien vestidita, entre un poco de chamitas lindas y música bastante buena, y estaba trabajando. A veces uno tiene suerte, pues.

 

 

Llamémoslo entretenimiento, una forma de arte o lo que sea, la cosa es que el oficio de DJ es todo un betica. Los consumidores de las últimas generaciones y el estilo de vida globalizado en el que se socializan los lleva de algún modo u otro hacia esta práctica, que quizás no sea la más trascendente para algunos puristas pero es, efectivamente, un medio para puntuar los párrafos de las noches, levantar los ánimos y conectar – o desconectarse – con las muchedumbres ligeramente intoxicadas, en nuestra parodia posmoderna de lo que los griegos llamaba Ágape.

Ahora bien ¿Cómo sobrevive un arte o un oficio? Necesita alcanzar un cierto grado de importancia en la vida de todos (y por supuesto, a los caraqueños nos encanta un bonche) y ser cuidado o cultivado. Económicamente. Recibiendo fondos sea del estado, los ciudadanos o la empresa privada. Engarzado en un sistema de prácticas sociales – y por ende, económicas – que mantengan su sangre fluyendo. Que lo mantengan vivo y saludable.

 

 

Tristemente, hay algo de clásico darwinismo en lo que respecta a las artes, negocios y cada faceta de la vida humana. Los manufactureros de DSLRs probablemente están sintiendo el coñazo de los Smartphones con cámaras integradas de 20 megapixles, del mismo modo en que los sintetizadores digitales se llevaron por delante a pianos, trombones y a los Mellotron que fueran sus ancestros. Incluso los DJs están ocupando un perfil más alto que las bandas con instrumentos. En lo que respecta a Venezuela, la next big thing, el pasatiempo más popular es sólo llegar a fin de mes. Cosas como comer y beber. Existir. Permanecer ahí. Continuar el drama humano. Otra de las cosas más populares es repetir panfletos ideológicos y participar en redes las de intercambio de influencia de los afectos al gobierno.

 

Estas cosas, la economía y el decremento gradual del tiempo y recursos para ir a perder tiempo en mangüareos elegantes, pasando las noches bailando como locos, han tenido un impacto definitivo en la escena musical de Caracas. Hablando a Abraham y Koji, podemos ubicar el punto de transición más duro en la periferia de aquél Febrero de 2014.

 

Koji dice:

“Después de las protestas, todo el mundo quedó… no sé… ya no querían hacer fiestas por respeto a los muertos… o a la gente en las protestas… la vaina…”

 

No sólo la gente fiestera perdió los ánimos o la posibilidad de salir de sus casas. Varios negocioes entraron en quiebra. Los patrocinantes dejaron de patrocinar. Cerraron bares y clubes, con lo que los músicos y DJs se quedaron sin lugares donde ejercer su oficio. Mucha de la clientela se exilió, así como buena parte del talento que impulsaba a la escena musical.

 

Recordando la partida del mánager del Haus Collective, Koji añade:

 

“El primero en irse fue Diego García… que era el que organizaba las cosas. Él era el que tenía la vocación de ir a los clubes, hablar con los gerentes, cuadrar patrocinadores… ¡Todo! Cuando se fue, la gente se quedó como en el aire. Después de eso sólo hicimos como dos fiestas más… en Suka, tipo chill. Pero no era nada como las fiestas del House Collective, que eran que si en el súper local”.

 

Koji recuerda los días en que el patrocinio estaba disponible, tanto de marcas nacionales como internacionales (en una ocasión que recuerda con entusiasmo, él y sus amigos fueron contratados y apertrechados de nuevos audífonos por Skull Candy). No sólo fluían los reales de los sponsors, sino que él sentía que tanto él como los otros DJs eran tratados de la manera en que lo merecen: les pagaban lo que era, y eran apoyados por una red de medios, negocios y locales que invertían en la escena fiestera y la sostenían. Ahora todo eso se acabó, en sus palabras, se jodió, se fue a la puta.

 

 

En el transcurso de un año, las cosas dieron un giro en 180°, como señala Abraham Culapsus:

 

“Para 2015 me di cuenta de que estábamos recibiendo, apenas, a la mitad de la gente que solía ir a los eventos… y la cosa con los locales se puso difícil… fue entonces cuando cambiamos de formato y empezamos a hacer las fiestas en casas (alquiladas)”.

 

Aún hay muchísimos DJ con talento y gente con suficiente influencia como para armar este tipo de eventos, pero la frecuencia es la unidad más elocuente: a inicios de la década, uno podía conseguir una fiesta así alrededor de 3 o 4 veces al mes. Ahora aparecen una o un par de veces al año. Si googleas BINK, Voyage, Club Haus u otros colectivos relacionados a la vida nocturna y la música, conseguirás flyers y notas de prensa de 2014 y 2015 pendiendo de páginas de Facebook y zines desérticas, que surgieron, dieron un par de pasos y se fueron pa’l co.

 

 

 

 

Fotos: @BINK

 

Entre estas, se pueden encontrar indicios de las primeras fiesta del Bestialo y sus talentosos colaboradores, quienes perdieron mucho de su perfil y oportunidades de desarrollarse en sus carreras artísticas (o de entretenimiento, si se quiere), tales como Bronson, Huge Hefner, DJ Carlton. De aquellos días en que una movidita se estableció en el club Blow Up. Hay registros de los tiempos en que Araujo y Dao apuntaban su proyecto hacia la promoción cultural, produciendo zines y muestras del trabajo de artistas gráficos, cinematográficos y animadores: mucho más que música.

 

 

¡Pero suficiente lloriqueo! ¿Quieres sabe qué tipo de gente estaba allí, esa noche? Bueh. Diremos que eran probablemente bohemios, pero ni tanto. Distintos prototipos de millenial de todas las esquinas de la ciudad: había una sana cantidad de sifrinos – para los lectores de otras latitudes, esta es la manera venezolana de llamar a la gente pretenciosa y de las clases más privilegiadas – y también gente hasta de Petare, lo que el discurso oficial llama un “sector popular”, que nos eclipsaron a los que sólo sabemos bailar house con sus pasitos Tuki. Yo me conseguí hasta un pana del colegio, que se desentendió de sus estudios en ciencias sociales y económicas para convertirse en un cocinero bastante exitoso en Florida (quien tampoco dejó de sermonearme sobre cómo surfear la economía cuando, por fin, me tenga que ir de la patria y que, para mi sorpresa, me recomendó “Cómo leer al Pato Donald”, una crítica clásica de las ideologías y el colonialismo).

 

 

 

 

Fotos: Izumi Takahashi.

 

Entonces: Se trataba de una muestra bastante representativa de personajes caraqueños y universales. Ahí estaba el tipo con la máscara peluda y campy empatucada de sangre falsa, como también estaba la gebita del pelo rosado que bailaba como un ángel, toda una criaturita de la noche. Chicas güapas de todas las formas, colores, ocupaciones, desviaciones y malicias.

Tipos desde el clásico medio-imbécil-pero-bien hasta punzantemente raros. Las reinas divinas se hicieron con una parte de la pista de baile, con una peluca azul tipo Rei Ayanami o bailando un Tuki que tocaba las fronteras del Vogue. Cuando necesitábamos un break, nos íbamos a los matorrales del patio trasero a jalar, fumar o esnifar como nos provocara, mientras las parejitas se alternaban con los meones para irse a lo oscurito.

 

Variopinta como fuese su matriz demográfica, este tipo de evento no estaba en el presupuesto de cualquiera.

 

 

 

 

 

 

Todo suena bien chévere y barato ¿No? Pues no. Visto desde afuera, quizás. El salario mínimo acá en Venezuela ronda los 456.507 Bolívares. Esas son 76 birras, que son como 8 dólares. Quizás con esa cantidad te alcanza para que tú y cinco panas queden bien prendidos, sí, pero sólo por una noche. La gente que asistió esa noche debería, por lo menos, tener: un (muy) buen trabajo, una cuenta de Upwork con alto perfil y bien ocupada, o se llegaron a la fiesta compartiendo los gastos cuidadosamente con el resto de sus panas.

 

El chamo que trabaja en la panadería cerca de mi casa, por Barrio Erason, a quien le pregunté cómo andaba el salario mínimo (que él, por cierto, gana) probablemente no habría ido a una fiesta así. Nunca. Shit be fucked, decimos en gringo. Esto se lo llevó el que lo trajo, decimos acá. Y si quieres traerte a Phillippe Bourdieu a la conversación y hablar de la distinción entre los gustos y costumbres de los distintos estratos sociales, dale. Lo que quiero decir es que la diferencia entre clases, en nuestros días, es muy amplia y profunda. Quizás más que nunca.

 

El hecho de que aún existan fiestas cool a las que ir en la Caracas del 2017 es una demostración tanto de actitud como de el privilegio que las clases media y alta aún pueden juntar. Pero ¿Se puede vivir así? ¿Con sólo un par de fiestas al año? ¿Le estamos dando a las celebraciones, a conocer nuevas personas, a los artistas talentosos y a la disipación el lugar que merecen en nuestras vidas? El tono evidentemente retórico de estas preguntas hacen a quien esto escribe bostezar de desilusión y le da un picor de güevo bandera.

 

Por: Dmtri (CCS,VE)